

Lo sabes desde siempre, eres mía. Mía tu boca, mío tu cuerpo, mía tu humedad. De piel a sangre, mía. Vagas por ahí, buscando tibiezas en las que refugiarte, pero asumida de que solo yo soy la paz.
Y como eres mía, te parece divertidamente encantador este ego posesivo. Que sean otras las que me rechacen, las que me tilden de asfixiante y arrogante. Tu no, porque tu entiendes el secreto de mi innata tendencia al dominio. Es más sencillo e inocente de lo que parece: yo soy quien te pertenece, quien desde siempre acaba temblando de solo imaginar que nunca voy a encontrarte. Que no existes en esta vida y que te amarraron en mi corazón como karma invariable.
Hoy he vuelto a tener incontrolables ansias de ti. He vuelto a pensar que tú no harías tal o cual cosa. A compararte con ella que esta errando/pensando/ dudando, o yo que sé.
Y que no se engañe la gente, que para mi tu siempre has sido imperfecta. Esas son las mujeres dignas de adorarse, las perfectas mienten y luego de un tiempo se transforman en algo irreconocible.
No mientas tú, que si llegas a hacerlo no tendré forma de reconocerte. Habla con la verdad que hiere y es bálsamo a la vez. Nunca pierdas esa dualidad hermosa. No abandones mi ilusión de cantarte Aznavour al oído. Y por sobretodo, no dejes que el mundo te cambie sin darme antes la oportunidad de conservarte.